Acerca de la nueva normativa de pesca

Dada la gran controversia suscitada a causa de la nueva normativa de pesca, que regirá en el Principado de Asturias la próxima temporada, he decidido escribir estas líneas para opinar al respecto. 

Antes de entrar a fondo en el asunto, me gustaría subrayar que no soy ningún experto en el tema, más bien todo lo contrario. Soy simplemente un joven de 18 años que, tras haber estado recopilando muchas opiniones al respecto, tanto de unos como de otros, he sacado mis propias conclusiones. Es posible que mucha gente no esté de acuerdo con lo que viene a continuación, pero siento la necesidad de expresar la visión de un aficionado joven como yo sobre la situación que nos acontece hoy día respecto al salmón y su pesca. He de confesar que escribo estas líneas con cierta decepción y tristeza, puesto que más allá de tratar de avanzar en la recuperación de una especie tan emblemática como es nuestro salmón, el salmón atlántico, lo único que parece prevalecer entre cada colectivo de pescadores es el bien de cada uno.  

Por lo que he podido comprobar, después de leer y analizar multitud de opiniones, los aficionados al salmón se podrían clasificar en dos grupos. Por una parte los pescadores “tradicionales” y, por otra, los “progres” o los mal llamados “pescadores sin muerte”. Los primeros destacarían por su ideología “tradicional”, es decir, por preservar las costumbres y tradiciones de ribera. Estarían a favor de seguir como se ha hecho toda la vida, con pocas leyes de protección a las especies fluviales, puesto que, a su juicio, la caña no es culpable de la disminución de la biodiversidad fluvial. Mientras que los progres, a priori políticamente más correctos, abogarían por una pesca más verde, digamos que más sostenible, imponiendo y, a su vez, prohibiendo determinadas técnicas de pesca, instaurando así un modelo de pesca impositivo, dejando una gran parte de aficionados sin posibilidades de pescar.

Una vez que tenemos los dos colectivos descritos y sabemos el programa de cada uno, sólo nos quedaría ver con cuales coincidimos en mayor medida, para así, unirnos a su lucha, puesto que, en este momento, nos encontramos en una situación en la que rige la ley del más fuerte: comer o ser comido. La selección natural asoma por cada esquina, y es que ya lo dijo Darwin, la victoria de uno supondrá la desaparición del otro.

Pues bien, he de decir que ni los unos son tan malos como los ponen ni los otros tan santos y buenos como parecen. Al igual que en la vida no todo es blanco o negro, con esto pasa exactamente lo mismo. Cada colectivo de pescadores tiene, a mi juicio, sus propuestas acertadas y no tan acertadas. Es por ello que mi postura no se inclina ni a un lado ni al otro, se mantiene pues más en el centro.  

El conjunto de una serie de factores relacionados directamente con la evolución del ser humano (vertidos, furtivismo, pesca indiscriminada en alta mar, el aumento de las temperaturas, tanto en el mar como en los ríos, etc…) están provocando que las poblaciones piscícolas se reduzcan alarmantemente, como así lo demuestran las estadísticas. Nadie puede negar que la situación por la que atraviesan nuestros salmones, y los ríos en general es preocupante. Solo hay que ver los plateados que se pescaban años atrás con los que se pescan actualmente. Pero es que ni tan siquiera es necesario acudir a esas estadísticas para hacerse una idea de la abundancia de este pez en España años atrás. Afortunada o desafortunadamente, no he tenido el privilegio de vivir esos años gloriosos en los que el salmón abundaba allá donde vivía. Sin embargo, basta con escuchar a mi padre o cualquier otro aficionado con cierta edad para saber que hubo un tiempo en el que era posible tener el cupo hecho para las diez de la mañana o, aun teniendo el peor coto del río, poder sacar uno o varios ejemplares, aunque podría decirse que eran otros tiempos, puesto que la calidad de las aguas permitía su consumo sin peligro alguno. 

Resulta irónico que, un chaval como yo, que no ha vivido nunca jamás una temporada como las de antaño, es más, la mejor temporada que recuerdo llegó a duras penas a los 1.100 ejemplares, no se conforme con las cantidades con las que ha convivido siempre y aspire algún día a poder gozar otra vez de esas vivencias que tanto escucha pero tan irreales le parecen, y, que en cambio, aquellos que han disfrutado y verdaderamente han vivido esos años gloriosos, hoy en día se conformen con unas míseras poblaciones de salmones que a duras penas consiguen levantar cabeza y mantenerse estables. ¿Acaso no os produce tristeza que un río como el Cares, con sus aguas cristalinas y profundas, no de más que para 100 salmones la temporada? o ¿Que ríos como el Nansa, con un cupo tan reducido, de 20 salmones, no llegue a darlos? A mí, desde luego, sí, me produce tristeza. Tengo 18 años, me queda toda la vida por delante y me gustaría poder seguir disfrutando de este pez. Viendo la situación, no es de extrañar que no haya apenas relevo generacional. ¿Qué chaval va a madrugar e ir al río todo el día a sujetar una caña de diez metros si la probabilidad de prender un plateado es casi remota? ¿Qué escenario queremos dejarles a los que vienen detrás? 

Tengo muy claro que la pesca con caña no es el principal problema del salmón, pero es cierto que es otro factor más que influye en su estado de conservación. El salmón, a día de hoy, tiene mucho en su contra, claro está: vertidos, cambio climático, alteraciones del hábitat, depredadores… La caña, por sí sola, no acaba con la especie, pero si lo puede hacer si a ello le sumas un sinfín de problemas. También quiero dejar claro que, la imposición de la mal llamada “pesca sin muerte” o la prohibición del empleo de distintos cebos no soluciona, ni mucho menos, el problema, como proponen algunos. Con esto no quiero decir que esté en contra de la “pesca sin muerte”, todo lo contrario, llevo practicándola desde hace un par de años por voluntad propia. Simplemente creo que hay que llamar a las cosas por su nombre, sin tratar de maquillarlas. No existe pesca sin muerte, como bien demuestran diversos estudios, puesto que hay una serie de factores que influyen en la supervivencia de los peces, conduciéndolos, en ocasiones, a la muerte, generalmente si no se ha tenido un buen trato con el pez, como se observa a menudo en diferentes fotos en redes sociales, ¡Ay el postureo, cuántos peces mata…! En esta vida ninguna imposición es buena, y recurrir a este método para conseguir algo no es, en mi opinión, la solución. Si se quiere fomentar la captura y suelta entre los pescadores, habrá que buscar otras soluciones, pero no tratar de imponerlo, puesto que genera el efecto contrario. Además, cabe recordar que la captura y suelta solo es eficaz si el trato al pez es excelente. De lo contrario, se generarán más bajas que un pescador que hace el cupo y marcha a casa.

Como cazador y pescador que soy y, por tanto, un auténtico apasionado de la naturaleza y de todos sus seres, soy incapaz de quedarme con los brazos cruzados al ver la situación por la que atraviesan tanto las poblaciones piscícolas como las cinegéticas. Siempre me he tomado la caza y la pesca como actividades beneficiosas tanto para el medio ambiente como para la economía rural, puesto que, gestionadas mediante cabeza, de una manera lógica y adecuada, benefician a las especies, favoreciendo y garantizando así su correcto desarrollo y futuro en las generaciones venideras, y al mismo tiempo generando riqueza. Sin embargo, lo que nunca defenderé será un modelo de gestión que anteponga los intereses de los aficionados a los de las especies que pretendemos aprovechar, como es el caso. Porque un modelo de gestión que no garantiza la supervivencia y desarrollo de una especie es un atentado contra la biodiversidad.

Como he dicho, ni unos son tan malos ni los otros tan buenos. Lo que está claro es que con las normativas de los últimos años la situación del salmón en nuestro país no mejora: se podría decir que se mantiene estable (siendo optimistas) o, por el contrario, que va en descenso. Las normativas no defienden al pez, más bien al pescador. Por lo tanto, si nuestro objetivo común, dejando las diferencias a un lado, es el bien del salmón y no nuestro propio bien, es decir, revertir la situación actual, claro está que han de tomarse diversas medidas que favorezcan a la especie. Medidas que, por cierto, creo que las tienen tanto los unos como los otros. La solución pasa por dejar de echarse piedras y sentarse a dialogar, a poner las ideas de todos sobre la mesa y tratar de llegar a términos medios, es decir, acuerdos que favorezcan tanto a los unos como a los otros, sin olvidar que el protagonista de todo esto es el pez. De no ser así, nos veremos abocados a una veda total, que más que favorecer la situación, casi con total seguridad, acabará por empeorarla. Porque de nada sirve acabar con lo fácil, el mal menor, es decir, la pesca, si no se hace nada por solucionar los males mayores: depredación, alteración del hábitat, etc.